domingo, 14 de noviembre de 2010

Promesa

Aún no entiendo por qué huían, pero así era, así que aproveché.
Yo, con mis ya ausentes fuerzas, corría detrás suyo procurando todo, menos alcanzarles.
Vi cómo entraron a ese antiguo edificio colonial y me dispuse a respirar antes de tomar el radio y decir aliviado -403 de la calle Estío-.
Me senté en la acera sintiéndome inadvertido y dispuse de un cigarrillo barato en mi boca.
Hasta entonces noté el frío que circundaba en esos tiempos.
Inhalé por última vez el humo del cilindro y escuché los barridos característicos de las patrullas, esos sonidos que sólo son capaces de producir la justicia falsa y la extorsión. Sonreí con cinismo.
Me limitaba a mirar desde mi traje empolvado cómo ambos chicos salieron manos en alto clamando inocencia mientras dieciséis uniformados apuntaban en quietud a las sudorosas frentes del par.
Eché un vistazo hacia esquinas aún más inmóviles. Cruzaron mi mirada "Primavera" y "Greenwich". No alcanzaba a ver la perpendicular que respalda mi sombra.
Uno de los adolescentes gritaba nombres y frases irrelevantes y yo me dispuse satisfecho a emprender retirada, pero su voz temblorosa llamó mi atención cuando profirió un "TÚ" fatigado y acusador.
Giré en redondo para verlo a la cara pues había roto mi sensación de sereno verdugo anónimo. Un dedo suyo me apuntaba dictando sentencia.
Ni siquiera noté el nerviosismo que me recorría hasta que las armas, tan quietas antes, imitaron el dedo del muchacho, todas a destiempo como niños que trabajan un problema de aritmética a diferente ritmo.
Sentí haber secado con mi piel las acusadoras frentes que hacían marco a treinta y seis ojos cristalinos y aparentemente incapacitados para parpadear. Sentí cada poro dilatado secretando gotas de pavor.
En un momento inesperado tomé la nueve milímetros que escondía en la bolsa interior de mi abrigo. Aún tenía restos de la pólvora media hora antes detonada. Con mis dedos reconocí la textura del botín: dos suculentos diamantes rojos que había prometido regalarte antes que murieras, Charlotte. Repetí en mi mente con voz heroíca - 403 de la calle Estío, están dentro, visten pana. Los sigo desde la esquina de la joyería-.
Parpadeos sincronizados: alivio esporádico e inútil. Alineación de mirillas y saliva espesa. Municiones veloces una tras otra y tú, Charlotte, tú en la superficie de estas piedras rojas como la esquina de Otoño con Estío.